Ansina

Hice muchas entradas con las vísceras. La mayoría malas, inconexas, ridículas, fuera de lugar, no sé. Seguramente un poco de todo. Pero siempre me fueron útiles. Al final de todas esas tardes, las buenas y las mejores, las malas y las peores, siempre me quedó este blog. Fue el único que estuvo allí en todo momento. Con cada ilusión, con cada alegría, con cada sinsabor y con cada enojo.

Me volví a beber un licuado de sensaciones encontradas, y en un arranque de ira, estuve a dos segundos de darle en la madre al xml que hace de esqueleto de esta bitácora. Pero me detuve. ¿Por qué iba a hacer semejante cosa? Odié sentirme vulnerable en vez de liberado por el sólo hecho de escribir. Prometo que no me vuelve a pasar.

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