Souvenir

La gente que se marcha lo hace siempre. Porque marcharse una vez nunca es suficiente. Hay quien no se marcha en paz si no le arranca un pedazo a aquello que deja. Y tampoco es suficiente, porque por lo general vuelve por más. Vuelve a escarpar cada fragmento que encuentra. Vuelve a jugar jenga con las piezas de ti que quedan en pie. Vuelve a caminar sobre las ruinas para ver si puede cubrirlas con sus huellas.

Dice Martín que las cosas que se rompen para siempre no hacen ruido. Uno escucha un crujido, y sabe que es la vida acomodándose, pero también que le van a seguir faltando piezas. Las piezas que vivían en el corazón y que ahora atraviesan la garganta. Tengo un nombre y un arroba ahogados en la gaza del nudo gutural de mi necesidad de ser prudente. Una cuerda alrededor de mi cuello y del travesaño más alto de lo que todavía queda en pie de mí. Un día después de cumplir años, casi acaricié la esperanza de que mi turista emocional al fin se habría aburrido de mí como destino. Pero al parecer soy un lugar barato y accesible, porque otra vez escucho pasos.

No lecturas

Supongo que hay lugares que no es bueno visitar ni con la mirada. Verá usted, la memoria está fresca todavía, y cualquier movimiento en falso podría causar que no fragüe como es debido. Hay un acto de cuidado grandísimo en la no-lectura. Los símbolos pueden ser confusos, y la ropa volverse jirones al intentar atravesar el entrelíneas. Y hay heridas que es preciso no tocar para que puedan volverse cicatrices que cuenten historias verosímiles.

Leo poco, lento y mal. Pero si algo me han enseñado todas las letras que han pasado por mis ojos, es que la vida es demasiado corta como para insistir en cosas que nos cansan, nos duelen o no nos hacen bien. Me quedo con el petroglifo de las marcas ilegibles que quedaron en mi espalda. Con el eco de las cosas que se escribieron en silencio. Con la resma de palabras que quedaron por decirse. Con la vida en las solapas acariciando los ex-libris. Con los sueños hechos polvo que se cuela lento hacia hacia la parte baja de un reloj de arena al que cada vez me falta menos para darle vuelta y comenzar de nuevo.

Olor a verte


 
Me gusta pensar que voy a verte. No sé en qué lugar, ni en qué estación o circunstancia. No sé si hoy, mañana, en unos años o en alguna otra vida. No sé si siendo niños, jóvenes  o ancianos; en forma de personas, de agua de piedra, flor y tierra o lluvia y cielo. Sólo pensar que voy a verte de algún modo; en algún tiempo en que nuestros destinos coincidan nuevamente. Sólo pienso en eso. Me gusta pensar que voy a verte.
—Leunam 

Lugares de café

de modo que los mismos hechos que repitiéndose constituían para él motivo de felicidad, para ella eran causa de desasosiego; fuera de que siempre es levemente siniestro volver a los lugares que han sido testigos de un instante de perfección.
—Ernesto Sábato, Sobre héroes y tumbas.

La perfección es un instante tan pequeño, que cuesta reconocerlo y asirse a él. Por eso casi todos germinan en algún lugar de la memoria que no teníamos previsto. Vengo a este café al menos una vez por mes. Lo hago en la mañana, antes de continuar con mi rutina del día. Es un sitio que suele estar muy concurrido, así que pido dos cafés, porque temo levantarme por el segundo y perder mi lugar. Lo bebo casi tibio, como el recuerdo de los días que cada vez se hacen más ligeros.

Miro alrededor las bugambilias, las macetas colgadas en las ventanas, los destellos de cielo tamizado a través de lo luido de las lonas. Miro hacia los lados de la calle, como si esperara a alguien aun teniendo la certeza de que no va a venir. Saco mi libreta y hago notas o dibujos, pero más por tener quieta la mirada y evitar que vague hacia lugares que ya no llevan a ninguna parte. El café es bastante bueno aunque nada extraordinario. Lo extraordinario dejó de encontrarse conmigo hace ya algún tiempo. Hay un momento, antes del final del primer vaso, en el que me siento un poco imbécil por venir —a veces en metro, cuando no circulo— a alborotarme la memoria, y me reprocho mi incapacidad para soltar y seguir hacia adelante. Me digo que está bien, que es un momento conmigo, pero casi todas las veces estoy que no me soporto, me caigo muy mal por pendejo, y me dan ganas de no hablarme el resto del día. También me digo que esto no es ningún ritual de nada, que a nadie le importa, que qué carajo gano con hacerlo, pero de alguna manera vuelvo el mes siguiente.

Espero no durar mucho aquí. Espero que se borre el mapa en el que alguna vez puse todas esas ilusiones que tenía sin estrenar. Espero que el sentido común haga lo suyo y me quite las ganas de venir. Espero que la memoria al fin acepte que hay instantes que no duran para siempre, y que es mejor guardarlos en algún lugar del corazón de esos que tocan la sonrisa. Tiro mis vasos de café y hago como puedo para seguir con mi día. Pero en eso pienso que el material con el que están hechos algunos sueños puede tardar miles de años en desaparecer, y que quizá debería llevar mi propio termo. De cualquier manera, siempre estoy tomando café y pensando en cosas que no van a pasar.

Mudanzas

Qué difícil es mudar a las personas al oscuro territorio del recuerdo. Es un duelo enorme, un zarzal de sensaciones y sentimientos encontrados. Algunas de ellas tenían un nombre, del que sólo quedan jirones en algunas de las ramas. Otras tenían rostro y oficio, de los cuales apenas queda el sutil aroma de sus intenciones.

Qué difícil es la construcción de la memoria. Puede llevarse uno la vida en ello y nunca queda del todo terminada. Mover a las personas al espacio negativo que grita lo que ya no está, implica todo un gasto de energía, de paciencia y de perdón con uno mismo. Implica honrar las razones por las que se fueron, por más que nos hayan parecido injustas o arbitrarias. Implica dejar que florezcan en la tierra de sus elecciones e imaginarlas desde lejos. Implica saber que la fragilidad no siempre es un recurso compartido.