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Siento que ya conté esto como un millón de veces, pero sucedió más o menos así: hace 10 años, (cuando los blogs aún tenían cierto auge, y hasta había un término llamado «blogósfera») me entusiasmaba hacer plantillas para blogs. Y como la mayoría se hacían dentro de la misma página (blogspot, o wordpress), pues me abrí muchísimos blogs para tener en dónde experimentar.

Hace diez años, se me ocurrió hacer un pequeño texto para ver el formato de la entrada (antes usaba el Lorem Ipsum), y sin querer lo dejé allí. Y luego vine y puse otro, y luego otro, y luego otro más. No podía comenzar de un modo más fortuito. Como las grandes historias, pues.

Cuentas

Sigo sin digerir del todo el concepto de la «deuda emocional». Como si el ROI del entusiasmo tuviera que ser mensurable. Me asusta lo manipuladoras y obsesionadas con el control que suelen ser las personas que manejan esa clase de contabilidades. «Como yo te amé, como yo te di, como yo confié, como yo te idealicé, como yo puse mis expectativas, como yo puse todo esto en el haber, tú me debes exactamente lo mismo, todo bajo mis reglas de medida, esquemas y parámetros». Así es como se hace uno de las deudas impagables. Así es como dejan de amarte, pero no te sueltan por lo mucho que les debes. Y si no lo pagas dando cada rédito que su capricho y conveniencia dicte, entonces deberás hacerlo a través del fracaso y el sufrimiento. No puedes gastar tu felicidad en otra cosa, porque —de algún modo— se las debes. No puedes hacer nada que te haga bien, porque eres acusado de moroso o de traidor. Porque esa es su versión del equilibrio, porque es el único modo en que les cierra su balance. No hay otra manera de quedar a mano.

Lo peor del caso, es que hay un momento en el que empiezas a creértelo. Llegas a sentirte mal contigo mismo, llegas a cuestionarte tus propias cuentas y emociones. Te comienzas a sentir deudor e insuficiente. Y comienzas a hacer grandes sacrificios que terminan siendo abonos insignificantes sobre los intereses moratorios de una deuda que ni sabes bien cómo contrajiste. Según la lógica de la microeconomía emocional, lo primero que uno supone es que el ahorro va a sacarte adelante. Pero resulta que el bienestar tiene fecha de caducidad, así que no puedes guardártelo para un mejor momento. Entonces inviertes. Inviertes en quien no te exige renunciar a nada, en quien no te obliga a prometerle rendimientos, en quien entendió que la certeza está en confiar en uno mismo, en quien sabe que los sentimientos no se llevan bien con el frío anonimato en los esquemas.

Quicio

Veo que mi tristeza no está ni cerca de marcharse. La escucho, la acompaño, pero no puedo ocultar mi hastío. Y eso parece gustarle, porque arrecia apenas intento poner mi atención en otra cosa. Llegó hace unos meses, se quitó los zapatos y subió los pies al sofá. Hurga en mi alacena y mi refrigerador. Me descompone las cosas, me las cambia de lugar. La gente alrdededor mío insiste en que la eche, en que no es justo tenerla ahí, quitándome el espacio, rompiéndome la espalda y drenando mi energía. Pero no es tan fácil como parece. Se levanta temprano conmigo, me sigue al trabajo, a la hora de la comida, al tráfico de la tarde. La miro por el retrovisor. Entre mis manos, los ratos que no puedo más y hundo mi cara en ellas. En la solapa de mi saco, en mi hombro, en mi almohada. Y así es un día tras otro tras otro tras otro.

He planeado echarla, sí. Sacarla con cuidado cuando duerme y luego cerrarle la puerta con seguro. El problema es que hay una persona con nombre, avatar, arroba y apellido bajo el quicio de esa puerta. Ya ni siquiera cuento cuánto lleva allí, pero por lo que veo no va a quitarse pronto, porque adentro hace mucho calor y afuera demasiado frío. O quizá es al revés. El asunto es que está jugando con la hoja, y yo ya estoy cansado de escuchar llorar a las bisagras.

Uno más

A mi ego le pesa admitirlo, pero soy uno más. Uno más en una lista de personas con las que se puede intentar cubrir una ausencia o llenar un vacío. Uno más en la lista de personas temporales con las cuales mitigar el miedo a la soledad. Uno más en un esquema del que no estuve enterado. Uno más que se creyó ese cuento de que era especial y diferente, esa mentira dulce y bienintencionada de que era único y que llegó para quedarse.

A mi amor propio le pesa admitirlo, pero soy uno más. Otro pendejo cuyo nombre salió de la tómbola de lo fortuito, otro más que se compró la idea de que podía empezar a construir un parasiempre. Otro más que creyó estar a salvo en la trinchera de un nosotros, otro más que terminó tragándose su rabia y rumiando su dolor. Otro que creyó en los muchos nombres del amor, en que las distancias son salvables y en que lo imposible sólo tarda un poco más.

Me siento muy pendejo y vulnerable. Tengo muchas ganas de llenarme la boca de insultos y maldiciones, pero hasta en eso sería yo uno más. Tienen en común el amor y el perdón que no pueden pedirse o darse; que no vienen cuando los buscas o cuando más los necesitas. Que uno no tiene albedrío sobre ellos; que puedes prometerlos u ofrecerlos todo lo que quieras, pero siempre vienen a su tiempo y a su modo. Y puede ser que ni siquiera los notemos sino hasta que ya es demasiado tarde.

Elijo hacerme cargo de mi duelo, elijo trabajar mi frustración. Elijo desconectarme de todo lo que me hace daño, elijo no vivir bajo la losa del qué hubiera pasado si. Elijo ser siempre suficiente, elijo no culpar a otras personas por todo lo que me duele y me lastima. Elijo no usar el pasado de pretexto, elijo seguir confiando en las personas importantes. Estoy dispuesto a equivocarme todas las veces que sea necesario. Quizá seguiré siendo un pendejo, pero renuncio a ser su pendejo. Al final del día, no voy a dejar de ser uno más para un montón de cosas; lo que es un hecho, es que prefiero serlo en lo que suma.

Instantáneas

Borges solía decir que uno no extraña los lugares; que la mayoría de las veces allí siguen, como si nada. Lo que se echa de menos es el momento que los hizo especiales. Que uno no extraña los lugares, sino los tiempos.

Creo que he compartido ya bastantes veces mi historia con diferentes personas. Suelo hacerlo desde el duelo; sea que esté despierto en forma de rabia, o dormido en forma de resignación. Pero por casualidad pude contarle a alguien todo mientras le señalaba los lugares —que como decía Sábato—fueron testigos de un instante de perfección. El café, las bugambilias. La banca de madera. La ruta hacia el restorán que está junto al jardín. Los lugares donde estacionaba el auto cuando llevaba flores. La esquina donde nos vimos por última vez.

Yo solía ser de esas personas que dicen no arrepentirse de nada. Supongo que la vida cambia, y que quien se queda varado en el lugar (o más bien el momento) donde puso sus expectativas es uno.