Balance

Desde luego, mi deuda contigo es impagable. Y es que abusé de tu fe en mí, sin duda. Nunca te di la certeza que necesitabas. Permití que las personas horribles de las que elijo rodearme te lastimaran y te dejaran heridas profundas. Puse a mi ego por encima de todo, te hice sentir poco apreciada y valorada. Invisible, en una palabra. Pero quizá mi menosprecio nunca te lastimó tanto como mi miedo y mis dudas. Como mis mentiras, mis ambigüedades, la falta de verosimilitud en mis acciones.

Lo bueno es que al final de todo te elegiste. Te quedaste contigo, estableciendo vínculos profundos de calidad y armonía con la gente que te rodea. Elegiste ser resiliente, ver por ti y por tus necesidades afectivas. Pudiste convertir la traición en un regalo de crecimiento, y navegar libre hacia mejores rumbos, sabiendo que tienes la capacidad de florecer en donde te planten. Te quedaste con la paz de haberlo intentado, y ahora puedes mirar hacia nuevos horizontes en donde cumplir tu noble misión de llevarle paz, armonía y equilibrio al mundo.

Y aunque no deja de dolerme a ratos, le agradezco a la vida que te hayas ido. Me habrías dejado el corazón en los huesos, y de todas formas nunca habría sido suficiente. Lo tuyo no es amor, es extorsión emocional.

Inesperado

Luego de diez años, tomé el teléfono y le llamé.

Desde luego, pareció sorprendida, aunque no tanto como yo lo habría estado. Dicen de los duelos que tienen la particularidad de quedarse exactamente donde los dejaste, no importa cuánto tiempo los hayas evitado. No importa cuánta maleza haya crecido alrededor de ellos, siempre se quedan como están. Pero algunos crecen, maduran y están listos para caer del árbol. Sólo entonces es posible recoger sus frutos.

Conversamos tal vez una hora. Sin reproches ni preguntas, como dos viejos amigos de esos para los que no existe el adiós sino la intermitencia. Luego otra, y luego otra. Siento que el año pasado lo pasé hablando de lo mismo, así que puedo decir que platicarlo en un contexto «virgen» fue más que refrescante. Es curioso cómo a veces los años que parecen tan largos, caben bien en apenas un puñado de palabras.

El cuento es que sí. Que en algún momento, tocamos las orillas de esos años. De lo que nos dijimos la última vez que hablamos. De que el perdón entre nosotros no iba a llegar nunca, y que lo mejor era aprender a vivir sin él con lo que fuera que siguiera. Pero el perdón es como el amor. No es algo que uno decide a quién y en qué momento darlo, ni de quién, cuándo o cómo recibirlo. El perdón no es algo que se otorga, sino algo que sucede y que libera. Y no tiene nada que ver con el olvido, porque el olvido sólo devora aquello que no había necesidad de perdonar.

Luego de diez años, puedo hablar de esto sin metáforas ni analogías. Puedo visitar el recuerdo del dolor sin que me duela, sin que me rasgue o me despierte cosas. Puedo quedarme a vivir en todo lo bonito que creció tras el incendio. Y celebro mucho eso. Luego de diez años y dos días, volví a llamarle porque me quedé con ganas de contarle cosas. Y ella se quedó con ganas de escucharlas desde la persona que es ahora, y no la que fue en aquellos días. Y me tendió una mano mientras me explicaba que también es de valientes aceptar que necesitas ayuda. Sigo pensando que eso de la «deuda emocional» es una pendejada. Uno puede elegir siempre a las personas no importa cuánto se hayan equivocado o te hayan lastimado en el pasado. Uno puede elegir ir por la vida desconfiando, o aprender que hay cosas que suceden a su ritmo, a su tiempo y a su modo. No estoy «reencontrándome» con una persona. Estoy aprendiendo que, por más que uno tenga la certeza de que es el agraviado, el perdón es un regalo de la vida, y que para recibirlo hace falta muchísima humildad.

Amores y demonios

Le decimos «amor propio», porque asumir que nadie está obligado a recibirlo (y mucho menos a dárnoslo de vuelta) es confrontarnos con todo lo pendejos y egoístas que podemos llegar a ser.

No cruces océanos por quien no cruzaría un charco por ti. No le des tu amor en bandeja de plata a quien te sirve el suyo en un plato de cartón. No trates como Rolex a quien te trata como Casio, porque quien sabe lo que da, exige lo que merece. Te quiero, pero me quiero más yo, y por eso me fui. Porque más vale solo que mal acompañado, porque es importante alejarnos de las personas tóxicas, porque el único amor en la vida es el propio, ¿sabes? Porque sin duda, eres una persona que todavía no superó la adolescencia emocional, y enrevesar todas estas frases egoístas y pendejas es algo que le calza justo a tu ego lastimado.

Pero no es tu ego, en serio. El ego siempre es un problema de los otros. El ego de quienes se sienten mejores que tú por sus habilidades o sus logros. Esos que sólo buscan reconocimiento fácil y aprobación inmediata. Lo bueno es que tú estás más allá de ello, y los puedes dejar vivir su fantasía. Lo tuyo es mucho más profundo y verdadero. Tú tienes mucho dolor, y nadie más sabe cómo es. Nadie sabe lo que traes en la mochila, nadie sabe cómo fue tu herida de abandono, tus ausencias, tus pesares. Nadie entiende lo profundo de tu sufrimiento. Eres un ser único, especial y diferente, que merece ser amado y respetado, pero por algún capricho del destino siempre acaba expuesto a lo álgido y hostil del mundo. A la traición y a la indiferencia.

Lo bueno es que aquí es donde el amor propio viene al rescate. Es esa vocecilla que te recuerda que eres una persona buena, valiosa y querible. Que tu manera de pensar y de actuar es la correcta, que has hecho lo mejor que has podido, que tus yerros tienen una explicación, y que son apenas equilibrio y contrapeso para toda esa atrocidad emocional que has sufrido todo este tiempo. Es ese sentimiento que insiste en lo equivocados que han estado quienes no han sabido apreciarte y valorarte, y que te promete que lo mejor está siempre por venir. Que todo te será recompensado, siempre que mantengas el camino que trazaste para ti.

A todos nos duelen y nos faltan cosas. Todos hemos ido dejando pedazos de nosotros en cada despedida. Todos hemos sentido el deseo de encontrar en los demás las piezas que nos faltan. Pero eso nunca significa que puedas exigirlas o arrancarlas. Eso que algunos llaman «amor propio», es el más voraz y peligroso de todos los monstruos y demonios que uno lleva dentro suyo. Es el egoísmo fingiéndose inocente, mientras nos sonríe y nos recuerda todas las cosas bellas y luminosas que nos merecemos. Y aunque a veces cuesta mucho, uno crece cuando entiende que cada quién es responsable de sus sentimientos, y de paso aprende a hacerse cargo de sus duelos sin hundir a los demás. Amar no es para los indolentes, los cobardes o los frágiles. El amor nunca le habló bonito a nadie que no haya querido darse cuenta.

X

Siento que ya conté esto como un millón de veces, pero sucedió más o menos así: hace 10 años, (cuando los blogs aún tenían cierto auge, y hasta había un término llamado «blogósfera») me entusiasmaba hacer plantillas para blogs. Y como la mayoría se hacían dentro de la misma página (blogspot, o wordpress), pues me abrí muchísimos blogs para tener en dónde experimentar.

Hace diez años, se me ocurrió hacer un pequeño texto para ver el formato de la entrada (antes usaba el Lorem Ipsum), y sin querer lo dejé allí. Y luego vine y puse otro, y luego otro, y luego otro más. No podía comenzar de un modo más fortuito. Como las grandes historias, pues.

Cuentas

Sigo sin digerir del todo el concepto de la «deuda emocional». Como si el ROI del entusiasmo tuviera que ser mensurable. Me asusta lo manipuladoras y obsesionadas con el control que suelen ser las personas que manejan esa clase de contabilidades. «Como yo te amé, como yo te di, como yo confié, como yo te idealicé, como yo puse mis expectativas, como yo puse todo esto en el haber, tú me debes exactamente lo mismo, todo bajo mis reglas de medida, esquemas y parámetros». Así es como se hace uno de las deudas impagables. Así es como dejan de amarte, pero no te sueltan por lo mucho que les debes. Y si no lo pagas dando cada rédito que su capricho y conveniencia dicte, entonces deberás hacerlo a través del fracaso y el sufrimiento. No puedes gastar tu felicidad en otra cosa, porque —de algún modo— se las debes. No puedes hacer nada que te haga bien, porque eres acusado de moroso o de traidor. Porque esa es su versión del equilibrio, porque es el único modo en que les cierra su balance. No hay otra manera de quedar a mano.

Lo peor del caso, es que hay un momento en el que empiezas a creértelo. Llegas a sentirte mal contigo mismo, llegas a cuestionarte tus propias cuentas y emociones. Te comienzas a sentir deudor e insuficiente. Y comienzas a hacer grandes sacrificios que terminan siendo abonos insignificantes sobre los intereses moratorios de una deuda que ni sabes bien cómo contrajiste. Según la lógica de la microeconomía emocional, lo primero que uno supone es que el ahorro va a sacarte adelante. Pero resulta que el bienestar tiene fecha de caducidad, así que no puedes guardártelo para un mejor momento. Entonces inviertes. Inviertes en quien no te exige renunciar a nada, en quien no te obliga a prometerle rendimientos, en quien entendió que la certeza está en confiar en uno mismo, en quien sabe que los sentimientos no se llevan bien con el frío anonimato en los esquemas.