Mapas

Es curioso. No importa cuánto tiempo pase, cualquier indicio de presencia, cualquier atisbo, por más mínimo que sea, de que allí estás, se me vuelve un revulsivo. Hace que se me descomponga todo.

De haber nacido en otro siglo, probablemente miraría el cielo todas las noches. Viviendo bajo la nata gris de mi bienamada y ultracontaminada ciudad, he de ahorrarme tan inútil gesto. Simplemente, las estrellas no se dejan ver. Afortunadamente existe el Google Earth, que me permite mirar la tierra desde el cielo. Y recorro siempre las mismas rutas; tanto que ya ni siquiera necesito las capas geográficas de nombres para saber en dónde estoy. No es tiempo todavía, pero sé que incluso hay respuestas que aún no están en Google...

Hace algunos años, algunos Imecas, y otros tantos kilómetros, la gente podía incluso saber dónde estaba con sólo mirar las estrellas. Pero tal cosa parece haber perdido importancia en un mundo tan tecnificado como este. Cuando Henry C. Beck diseñó el mapa del metro de Londres a principios del siglo pasado, fue una verdadera revolución en lo que a diseño se refiere: ni las rutas del tube, ni el mismo Támesis giran en ángulos de 90º y 45º; Beck también obvió las distancias reales, e hizo alguno que otro ajuste para lograr un plano mucho más entendible. Que al final, es más importante saber el orden y distribución de las estaciones, que la distancia real a la que se encuentran.



Hace no mucho, dibujaba un mapa de una tierra fantástica. Saturaba de sepias, definía con lo mejor de mi pulso las costas, y cuidadosamente ponía los nombres de las regiones. Una vez terminado, ese mapa prosiguió su viaje, pero me quedé con ganas de dibujar otros.

Puedo estar horas enteras en el viaje a través de Google Maps. Es uno de mis pasatiempos más inútiles. Como decía en un principio, no necesito leer nombres, fronteras y etiquetas para saber en dónde estoy. No tengo un artilugio semejante para el resto de las cosas de la vida, así que resolví dibujar un mapa. Parte de las cosas que siempre me han llamado a dibujar, es el poder corregir las partes de la realidad que no se ajustan a mis deseos. ¿El reto? Un mapa como el de Beck, donde los tiempos y las distancias no sean obvios, y esquematizado de tal forma, que me ayude a resolver a mediano/largo plazo, si debo bajarme en una estación de correspondencia, o en una estación terminal. Tanto tiempo en el viaje, me tiene ya mareado.

1 comentarios:

Angel Sharek dijo...

En ocasiones los mareos en el viaje son necesarios para apreciar nuestro propio destino, al menos yo sigo estando mareada de este viaje pero las estaciones donde bajo por un momento han valido la pena, a veces son maravillosas y otras no tanto pero al fin y al cabo del tiempo no lo importante es el trayecto y no el destino.