De lo sutil a lo estrafalario
de lo posible hacia lo improbable
de lo apropiado hasta lo inventado
estuve pensando en tu nombre;
en tu nombre que no es nombre
sino aire que todavía no sopla
risa que aún no ríe, sueño que no llega
semilla que no germina.
Me he de guardar voces que no voy a usar por ahora
también algunas noches sin dormir
en la garganta una canción que no conozco
y un par de líneas sin escribir.
Un día te animarás a preguntarme.
Entonces mentiré sobre tu nombre;
sé que no vas a creerme, pero quzá escuches mi historia
y hasta me devuelvas la sonrisa y me perdones.
(No es fácil escribir, y menos en un teléfono)
(ficciones portátiles para momentos álgidos)
Ontológico
Lo que suceda de aquí en adelante da un poco lo mismo. Hemos estado siempre en un subjuntivo infranqueable, somos sueño y pesadilla, verdad y mentira, distancia y tiempo. No se puede forzar una cerradura donde ni siquiera hay una puerta. Somos tan improbables, que podemos transitar por donde sea. No necesitamos fingir nada porque en realidad, nunca ocurrimos.
Haremos de cuenta que ni siquiera hablamos de ello.
Haremos de cuenta que ni siquiera hablamos de ello.
Positivo
Claro que nada se compara a la magia de sentir que un pedacito de tu corazón late fuera tuyo. Es sólo que en ocasiones cuesta trabajo asumir que hay que desprenderse de ese pedacito.
Dantesco
Completamente poseído, comenzó a estrangular el diapasón, y a sacar sus octavas fuera de toda proporción divina; hizo que su riff sonara en todos los círculos, y con su poderoso solo comenzó a poseer también al resto de las almas condenadas del lugar, quienes abandonaron su tormento para entregarse a los slide ups, los hammers y los atasques del trémolo Floyd Rose de la Gibson Les-Paul de Dante. La expectación crecía, y a todo fuego, las almas se consumían exigiendo más y más, en un infernal orgasmo colectivo.
Pero en eso, Dante se acordó de Beatriz. Se detuvo, y se volvió hacia Virgilio, quien entonces diluyó sus poderosos golpes de drum y rolotom en un casi inaudible sonsonete de platillo.
—Esto es el infierno, cabrones— Sentenció Dante (en italiano, obvio). Sorbió un gran trago de tequila, y comenzó a tocar canciones de José José. El tormento volvió a su cauce habitual. Ajena y distante, la bella Beatriz seguía atendiendo su Facebook.
Pero en eso, Dante se acordó de Beatriz. Se detuvo, y se volvió hacia Virgilio, quien entonces diluyó sus poderosos golpes de drum y rolotom en un casi inaudible sonsonete de platillo.
—Esto es el infierno, cabrones— Sentenció Dante (en italiano, obvio). Sorbió un gran trago de tequila, y comenzó a tocar canciones de José José. El tormento volvió a su cauce habitual. Ajena y distante, la bella Beatriz seguía atendiendo su Facebook.
Contraportada
Sabía que al viejo cuaderno le quedaban pocas hojas en blanco, así que las reservé con ánimo de escribir el final del cuento una vez que éste llegara. Pero nunca llegó. Mientras esperaba, me hice de un nuevo cuaderno para utilizar apenas me terminara el anterior. No obstante, empezaron a llegar cosas que no tenían cabida en el viejo, así que las fui bocetando en el nuevo. Para cuando me dí cuenta, el nuevo estaba ya bastante avanzado, así que de una buena vez me quité todas las dudas y tibiezas, y comencé a sobreponerle tinta al lápiz. En todos mis viajes, sin embargo, seguí cargando también con el cuaderno viejo. No quería que el final me tomara por sorpresa, y no tener dónde escribirlo.
Un día, se me olvidó echar en la mochila el cuaderno nuevo, así que durante el viaje se le terminaron las páginas blancas al viejo. El final que fue, quedó escrito en alguna parte hace mucho tiempo, y el espacio reservado para el final que yo quería que fuera, se llenó con tinta de otras voces y otros sueños. Voces que viajan libres sin ondas hertzianas de por medio, sueños erguidos sobre unos preciosos zapatos negros.
Un día, se me olvidó echar en la mochila el cuaderno nuevo, así que durante el viaje se le terminaron las páginas blancas al viejo. El final que fue, quedó escrito en alguna parte hace mucho tiempo, y el espacio reservado para el final que yo quería que fuera, se llenó con tinta de otras voces y otros sueños. Voces que viajan libres sin ondas hertzianas de por medio, sueños erguidos sobre unos preciosos zapatos negros.