Souvenir

La gente que se marcha lo hace siempre. Porque marcharse una vez nunca es suficiente. Hay quien no se marcha en paz si no le arranca un pedazo a aquello que deja. Y tampoco es suficiente, porque por lo general vuelve por más. Vuelve a escarpar cada fragmento que encuentra. Vuelve a jugar jenga con las piezas de ti que quedan en pie. Vuelve a caminar sobre las ruinas para ver si puede cubrirlas con sus huellas.

Dice Martín que las cosas que se rompen para siempre no hacen ruido. Uno escucha un crujido, y sabe que es la vida acomodándose, pero también que le van a seguir faltando piezas. Las piezas que vivían en el corazón y que ahora atraviesan la garganta. Tengo un nombre y un arroba ahogados en la gaza del nudo gutural de mi necesidad de ser prudente. Una cuerda alrededor de mi cuello y del travesaño más alto de lo que todavía queda en pie de mí. Un día después de cumplir años, casi acaricié la esperanza de que mi turista emocional al fin se habría aburrido de mí como destino. Pero al parecer soy un lugar barato y accesible, porque otra vez escucho pasos.

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