Sabía que al viejo cuaderno le quedaban pocas hojas en blanco, así que las reservé con ánimo de escribir el final del cuento una vez que éste llegara. Pero nunca llegó. Mientras esperaba, me hice de un nuevo cuaderno para utilizar apenas me terminara el anterior. No obstante, empezaron a llegar cosas que no tenían cabida en el viejo, así que las fui bocetando en el nuevo. Para cuando me dí cuenta, el nuevo estaba ya bastante avanzado, así que de una buena vez me quité todas las dudas y tibiezas, y comencé a sobreponerle tinta al lápiz. En todos mis viajes, sin embargo, seguí cargando también con el cuaderno viejo. No quería que el final me tomara por sorpresa, y no tener dónde escribirlo.
Un día, se me olvidó echar en la mochila el cuaderno nuevo, así que durante el viaje se le terminaron las páginas blancas al viejo. El final que fue, quedó escrito en alguna parte hace mucho tiempo, y el espacio reservado para el final que yo quería que fuera, se llenó con tinta de otras voces y otros sueños. Voces que viajan libres sin ondas hertzianas de por medio, sueños erguidos sobre unos preciosos zapatos negros.
(ficciones portátiles para momentos álgidos)
A través
En ocasiones recurro a la memoria como quien se se toma el tiempo de quedarse con el aroma de una taza de café recién servido. Me gusta creer en que todo pasó de modo subrepticio e inesperado; en otras tengo algo más de tiempo, y me gusta ser consciente de cuando me enamoré poco a poco, pero sin tregua.
Regreso a todas esas noches donde podía mirarte a través de la ventana; cuando te desconectabas, pero no te ibas, cuando supe que debía detenerme pero nunca quise. Esperar esa única hora, era en sí misma una buena razón para comenzar el día. Para llenar mis espacios con tus silencios, para poblar con tu voz mis vacíos, para acudir al ritual vespertino donde todo lo demás nos era ajeno.
Hace mucho tiempo que abordamos una nave que ni los vientos favorables hacen avanzar, pero que tampoco las peores tempestades han podido hundir. Dejé de contemplar el horizonte, de preguntarme si llegará alguna vez a tierra firme, y opté por disfrutar el olor a sal y a madera húmeda.
Regreso a todas esas noches donde podía mirarte a través de la ventana; cuando te desconectabas, pero no te ibas, cuando supe que debía detenerme pero nunca quise. Esperar esa única hora, era en sí misma una buena razón para comenzar el día. Para llenar mis espacios con tus silencios, para poblar con tu voz mis vacíos, para acudir al ritual vespertino donde todo lo demás nos era ajeno.
Hace mucho tiempo que abordamos una nave que ni los vientos favorables hacen avanzar, pero que tampoco las peores tempestades han podido hundir. Dejé de contemplar el horizonte, de preguntarme si llegará alguna vez a tierra firme, y opté por disfrutar el olor a sal y a madera húmeda.
Dante
—Olvida los demonios y el tormento. No había notado que aquello era el infierno, hasta que la regia dijo "¡Ufa, ahora sí tengo calor!"
Ventana
Una tarde medio nublada, Martín leía junto a la ventana, cuando el ruido de una abeja dándose de topes contra el vidrio llamó su atención. Se quedó mirándola un instante. ¡Pobrecilla! —Pensaba con ironía. —¿Qué le ocurre? ¿Por qué la necedad? Alguien debería explicarle a estos bichos la naturaleza del vidrio; se puede mirar, pero no pasar a través de él. ¿Lo entenderá algún día? Nah. Demasiado complicado para un pequeño insecto que sólo sabe volar y hacer miel.
Las nubes comenzaron a cerrarse, y las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer. Martín cerró su libro, y corrió a buscar refugio. La abeja seguía golpeando la ventana desde dentro.
Las nubes comenzaron a cerrarse, y las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer. Martín cerró su libro, y corrió a buscar refugio. La abeja seguía golpeando la ventana desde dentro.
Ella
Ella está hecha a semejanza de las cosas que amo.
Se parece a la noche,
o mejor: a una noche sin ausencias.
Ella es exacta.
Cuando la noche escurre, su cuerpo se humedece.
Me permite trepar por mis temblores
y agitar su nombre desde la oscuridad.
Ella es irrepetible.
Nació en las piedras donde empieza mi desorden.
Se parece a la noche,
o mejor: a una noche sin ausencias.
Ella es exacta.
Cuando la noche escurre, su cuerpo se humedece.
Me permite trepar por mis temblores
y agitar su nombre desde la oscuridad.
Ella es irrepetible.
Nació en las piedras donde empieza mi desorden.
Eduardo Langagne