Regreso a todas esas noches donde podía mirarte a través de la ventana; cuando te desconectabas, pero no te ibas, cuando supe que debía detenerme pero nunca quise. Esperar esa única hora, era en sí misma una buena razón para comenzar el día. Para llenar mis espacios con tus silencios, para poblar con tu voz mis vacíos, para acudir al ritual vespertino donde todo lo demás nos era ajeno.
Hace mucho tiempo que abordamos una nave que ni los vientos favorables hacen avanzar, pero que tampoco las peores tempestades han podido hundir. Dejé de contemplar el horizonte, de preguntarme si llegará alguna vez a tierra firme, y opté por disfrutar el olor a sal y a madera húmeda.
0 comentarios:
Publicar un comentario