Premoniciones

Digamos que uno teme que las cosas sucedan, y entonces suceden. Queda un hueco ahí. Digamos que haberlas previsto no hace que duelan menos. Se siente ese pequeño vértigo, esa punzada en el estómago de cuando ves que las cosas van a caerse, se caen, y no puedes hacer nada para impedirlo.

Uno nunca está preparado para ciertos duelos. Uno puede razonar todo lo que quiera, pero al final lo que falta está ahí, gritando su vacío a voz en cuello. Sigo sin poder abrazar los cambios. En especial cuando vienen con espinas. Uno está por ahí, intentando reconstruírse, como si esos soplos del destino no tuvieran la virtud de derribarlo todo. Sí, claro. La fábula habla de que por eso hay que hacer una casa de ladrillo, pero no siempre se tiene tiempo para hacerlos cuando se está a la intemperie. Quiero creer que todo lo que duele va a sanar, y que todo va a arreglarse para bien. El tema es que mientras todo eso sucede, otra vez hay que revisarse los pedazos y limpiarles los hubieras. El futuro es una cosa que siempre va muy lenta, hasta que de verdad ocurre.

Un lugar en el mundo

Creo que cuando llevas años en el fango, la primera vez que pisas tierra firme lo haces con cierta desconfianza. Llevo días sintiéndome más y más tranquilo. Y quizá ese ha sido mi único mostro de estos días: el que me sugiere que sospeche, que no todo puede estar tan bien, que sin duda algo no tarda en romperse.

Me gusta mucho estar y sentirme en casa. Tengo todavía varios pendientes, pero ninguno es apremiante. A veces pienso que sucedió tan rápido que no me he dado chance de sentarme a disfrutarlo, pero luego de elaborarlo un poco más, noto todo el tiempo (y la chinga) que me tomó llegar a esto. No me gusta pensar que estoy reconstruyéndome, sino más bien que he estado transplantándome. Estas últimas semanas se trataron no sólo de hacerse de un mejor espacio, sino de dejarlo lo bastante grande y sólido como para que todo lo que echa raíz pueda crecer.

Tengo muchas ganas de empezar a construir el mundo. Como siempre, como cada vez que la vida se acomoda. Tengo ganas de escribir y de cantar. De bailar y de hacer todo lo que siempre he hecho con mi tiempo. Tengo al fin un sitio en el que me siento muy seguro y muy tranquilo. Hace no mucho pensaba que hay veces en las que vale más estar tranquilo que ser feliz, pero creo que no me daba cuenta lo mucho que tienen que ver una cosa con la otra. Ya no hace falta recoger migajas, ni soñar en todo eso que sólo ocurría a través de la ventana. Luego de algunos años de sufrir la impermanencia, cada vez me siento más en mi lugar. Y eso me tiene muy satisfecho y muy contento. :)


Intuición

A lo largo de esta bitácora, aprendí a conocer a casi todos esos caprichos del inentendimiento a los que cariñosamente llamo mostros. Uno a uno fueron encontrando su lugar en cada cicatriz de la piel de la memoria. Y desde ahí es de donde suelo saludarlos con cariño, como a viejos conocidos. Lo bonito del dolor es que siempre es el mismo, no importa la forma que tome. Por eso es fácil no sólo distinguirlo, sino reconocerse en él y abrazarlo cuando hace falta. Es que —por paradójico que suene— las cosas no terminan cuando dejan de doler, sino cuando duelen como a ti te gusta.

La cosa es que los más recientes días, ha estado conmigo un mostro al que no estoy habituado: uno que me dice que algo estoy omitiendo, que las cosas no pueden estar tan bien como parecen, que la vida es un asunto frágil y que todo por servir se acaba.

De risa

Creo que nunca antes valoré tanto la importancia del sentido del humor. Siendo específico, de la compatibilidad en el sentido del humor. Reírse de las mismas cosas que alguien, es un regalo a menudo infravalorado. El humor es una muestra muy puntual de inteligencia. Y la inteligencia es de esas cosas que no pueden ni fingirse ni dismularse.

Siempre fui renuente a la idea de que hay inteligencias de diferentes tipos. Que si la emocional, que si la matemática, que si la visual, no sé. Me parecen placebos y eufemismos para que la gente que contesta tests no se sienta tan tonta con los lenguajes que no maneja bien. La cosa es que si acaso hubiera tales lenguajes para expresar la inteligencia, el humor es algo así como el esperanto de esta torre de Babel emocional en la que suele quedar atrapado nuestro inentendimiento.

No tengo ganas de elaborar ninguna idea en particular. Sólo quiero celebrar que, entre todas las cosas a las que me confié para curarme de lo que me dolía, no se me ocurrió que el humor haría tanto por mí. No recuerdo hace cuánto no me sentía tan valioso y aceptado, tan querido y apreciado. Y lejos de enojarme con esa persona que fui hace tres años, la que luchaba por ser suficiente, la que se creía todas esas cosas jodidas que decían sobre ella, la que aguantaba chingadera tras chingadera con tal de no perder lo que quería, aprendí a reírme mucho de ella. Aprendí a contar su historia sin amargura ni ironía, sino divertido ante lo pendejo que uno puede llegar a ser cuando se enamora.

Estoy volviendo a ser una persona de la que me siento muy orgulloso. Y confío en que mis orquídeas van a dar botones muy bonitos. Muero de ganas por reírnos otra vez de todo esto que nos estamos contando.

Palimpsesto

Quiero encontrarle un hilo a mi desorden y nada más no me sale. Es que, deberías ver cómo queda la mesa cuando acabé de dibujar. Todos los colores, los bosquejos y la basurita de la goma me recuerdan que voy tomando las cosas conforme las necesito, y que es hasta el final que las vuelvo a poner en su lugar.

Siempre quise ponerte en un lugar de la memoria en donde no dolieras, en donde no extrañarte tanto, en donde no me hicieras falta. Y aunque por un rato me creí que se podía, de algún modo tu nombre se quedó grabado en mi tristeza, en mi enojo, en mi rabia, en todos los reproches que me hago cada vez que me equivoco. Hubo una vez un incendio entre nosotros, y de algún modo aprendí a llevarte dibujada con ceniza.

Quiero encontrarle el hilo a mis motivos, pero hace mucho que mis laberintos son más largos que el ovillo, y que cada minotauro en el andén del corazón se ocupó de devorarme los pedazos de piel que me sobraban. Es que, deberías ver cómo me gusta darle vueltas a las cosas, como si quisiera aprendérmelas antes de no mirarlas más, y por si un día las necesito de regreso.

Siempre quise tenerte en un lugar del corazón en el que estuvieras cómoda, pero un día te me hiciste demasiado grande, y debí salirme yo para que no explotara todo con nosotros dentro. Y luego de estos años de vagar a la intemperie, resultó que lo que parecía desorden y destiempo, resultó ser argamasa de todo lo que supimos ser aún estando lejos.

Quiero encontrarle las razones a la historia, pero llevo un buen rato ya sin necesidad de preguntarme nada. Resulta que de pronto todo mi desorden otra vez sonríe, todas las paredes me acarician, y todos esos días en que no estuvimos juntos de repente se encontraron como dos espejos frente a frente que se abrazan mientras ven nacer un infinito. Quedan un montón de cosas que contarnos, y noto cómo mi mundo se volvió otra vez un palimpsesto.