Tanto

Tanto estrépito para tan poca barahúnda
tanto ahínco para tan poca vehemencia
tanto frenesí para tan efímeros ímpetus
tantísimo arrebato para tan poquito arrojo

Tan larga está el alma y tan breve el espíritu.

Encuentros

Y si ves que me gusta perderme, es con el ánimo de revivir ese placer irrepetible de haberte encontrado.

En ocasiones no se me ocurre qué hacer contigo, y entonces juego a perderme. Me dejo llevar por el vértigo de fingir que no te sé de memoria, para comenzar a tocarte de oído, y hacer como si estuvieras escondiéndote en el camino de regreso a la memoria que me incendia el corazón para llenarme con su luz y su calor.

Entonces comienzo a buscarte desde cada sensación que me provocas. Te encuentro en tu voz acariciándome las ganas, y en todos tus colores derramándose en mis tardes; en esa sonrisa tuya siendo sinalefa entre el fin de cada día y el principio del siguiente. Te busco desde cada amanecer entre mis sábanas, y te encuentro en una hoguera bajo cada poro de mi piel, y también alborotando el avispero de mis labios; te busco en todos esos accidentes que nacieron en tu geografía, y me sorprendes siendo el epicentro del temblor en mis rodillas. Encuentro tu mirada haciendo crepitar cada uno de mis huesos, y ese modo tuyo de morderte el labio efervesciendo en cada gota de mi sangre. Te encuentro en la complicidad de cada silencio que nos damos cada vez que nuestras palabras terminan extenuadas y tendidas.

Y al final de todo dejo de buscarte, porque sé que estás en todo eso que has sido para mí; en todo el tiempo que llegó para quedarnos, en cada instante que encontró su manera de volverse irremplazable, en cada truco inexplicable que aprendió a volverse parte de los hilos de la magia que nos teje las historias cada vez que nos tocamos.

Monstruos


Estoy cansado, claro
porque a esta altura uno tiene que estar cansado.
De qué estoy cansado, no lo sé;
y de nada serviría saberlo,
porque el cansancio seguiría igual.

La herida duele porque duele,

no en función de la causa que la ha abierto.
 

—Fernando Pessoa


Perdí la cuenta de hace cuánto comencé con esta bitácora, toda vez que mis motivos iniciales comenzaron a esfumarse. Luego me di cuenta que todavía había cosas que seguían dándome comezón, como a veces pica una costra seca justo antes de volverse cicatriz. Comezones que tuve a bien llamar mis «mostros», y que fui haciendo mías a base de apego y desolvido.

Comencé a escribir como única salida y como último recurso, y fui llenándome de letras; letras que se me prendieron a la piel, y comenzaron a devorarme hasta la carne. No sé cómo, ni en qué momento, si pasó de súbito o gradualmente, pero fui volviéndome uno de esos monstruos sobre los que tanto escribí antes, a los que tanto maldije, de los que tanto me quejé amargamente. Esta noche tiré la primera mordida. No sé qué va a ser de mí ni de mi blog a partir de este momento.

Epistolar



 Lo que ocurre es que a que de amor jugamos a morirnos muchas veces. Y escribir es sólo el recuento de nuestras muchas bajas en combate. Esta es una transcripción de una secuencia en Twitter.


Esta es una carta de amor. Pero no del amor que habita en los cuentos y que triunfa ante las circunstancias más ridículamente inverosímiles.

Esta es una carta de amor. Pero no de aquel amor que se llena la boca con metáforas y figuras literarias habitualmente condenadas a la nada.

Esta es una carta de amor. Pero no una carta escrita desde esa tibieza disfrazada de vorágine o de una gris pasividad ataviada de quisieras.

Esta es una carta de amor. Pero no una carta que intente describir cómo me haces sentir cada vez que me apareces o cada vez que te conectas.

Esta es una carta de amor. Hecha con tuits de exactamente 140 caracteres y ni una sola coma porque no sé otro modo de decirte que me llenas.

Comienzos

Puedo pasar una tarde mirándola y media vida pensándola; puedo quedarme absorto en la manera de sus ojos de tañir el horizonte, arellanarme en su modo inapelable de espabilarme la sonrisa con su súbito, y dejar a mi tiempo tendido en el jardín de sus letras febriles.

Hasta aquí todo es muy fácil; mi problema comienza cada vez que intento describirla, cada vez que intento desarmarla para ver de qué está hecha y comprender cómo es que se volvió una tempestad sobre mis ganas de lloverle. Cómo tira del gatillo cada vez que me saluda, cómo imposta su prosodia cada vez que se despide; cómo es que despide ese aroma a manzanilla y primavera que fascina a cada uno de mis años. Cómo amanece conmigo su risa de trigo y canela, cómo le sueño su aura de auroras boreales de cielo nocturno.

No sé bien qué voy a hacer con las ganas que le tengo, siendo que ya comenzaron a fugarse a través de mis fisuras, en los huecos de las tablas aprendidas a lo largo de la vida que por ahora me contienen. No sé qué será de mis palabras, tan desprovistas de aristas a golpe de paso del río. Por ahora quiero que sepa que me brota su silueta como manantial entre mis piedras, que usted aparece y se parece a todo lo que sueño, y que ya he comenzado a quererla, como se quiere a los comienzos que nos mojan las orillas.