Hola, blog. ¿Sabes? Me hace sentir un poco egoísta el tenerte tan abandonado. Sobretodo porque en estos últimos 4 años siempre estuviste allí cada vez que necesité escribir para intentar el desahogo. No estoy seguro. Quizá he sido derrotado por la paz interior (igual que los rusos al final de la guerra fría), y mis palabras dejaron de tener sentido y justificación (como todo ese arsenal militar soviético que quedó abandonado o fue revendido a precios de risa).
No es la primera vez que ocurre. Hace tal vez un par de años, escribí algo sobre que aunque había aprendido a convivir de manera cotidiana con mis mostros para así sobrellevar a los más feroces, otros habían nacido aquí en cautiverio, y que eran tan indefensos que abandonarlos significaría matarles. Eso se convirtió mucho tiempo un motivo para seguir escribiendo.
Podría alegar que mis estudios, el trabajo, la familia o la red de microblogging en 140 caracteres me tienen un poco alejado, pero eso sería mentirnos, y lo sabes. Me conoces demasiado. Quizá incluso mejor de lo que yo a mí mismo, así que ni siquiera vale la pena intentarlo. Vine solamente para avisar que no me he ido. Vine a dejar otro circunloquio para visitar en el futuro. Vine a esconder esa frase de Neruda donde dice que «podrán cortar todas las flores, pero no pueden detener la primavera», y a desear fervientemente que se cumpla.
(ficciones portátiles para momentos álgidos)
Yo no
Se pueden escribir mares salados de tinta letra por letra. Uno nunca
sabe cuál de entre todas las líneas que escribe podría aparecer en su
obituario. Al final nos dejamos con todas las hojas en blanco.
Yo no habría podido elegir un texto tan cruel.
Se puede acariciar una guitarra hasta secarle la voz. Uno nunca sabe cuál de sus notas podría volverse tan tenue hasta quemar por completo el acorde. Al final nos quedamos con la misma melodía ahogada en la garganta.
Yo no habría podido elegir un silencio tan áspero.
Se puede naufragar en la estulticia y entonces escribir un diario. Uno nunca sabe cuál entre todos los días es el que va a hacernos falta. Al final nos quedamos habitando una mañana que no supo cómo llegar.
Yo no habría podido elegir un horario tan rígido.
Se puede jugar a que nada pasó, y encontrarte de nuevo sonriéndome. Uno nunca sabe cuál de todos sus yerros puede volverse en su contra. Al final nos quedamos guardados en un álbum sin fotos.
Yo no habría podido elegir una imagen tan mala.
Yo no habría podido elegir un texto tan cruel.
Se puede acariciar una guitarra hasta secarle la voz. Uno nunca sabe cuál de sus notas podría volverse tan tenue hasta quemar por completo el acorde. Al final nos quedamos con la misma melodía ahogada en la garganta.
Yo no habría podido elegir un silencio tan áspero.
Se puede naufragar en la estulticia y entonces escribir un diario. Uno nunca sabe cuál entre todos los días es el que va a hacernos falta. Al final nos quedamos habitando una mañana que no supo cómo llegar.
Yo no habría podido elegir un horario tan rígido.
Se puede jugar a que nada pasó, y encontrarte de nuevo sonriéndome. Uno nunca sabe cuál de todos sus yerros puede volverse en su contra. Al final nos quedamos guardados en un álbum sin fotos.
Yo no habría podido elegir una imagen tan mala.
Extraño
Era el anhelo de historias contadas a través de esos prístinos ojos de follaje tan recién amanecido en las montañas que señalan la frontera.
Eran sus manos origen del vaivén de un remolino cadencioso que inundaba el edificio con su aroma inconfundible a sopa de fideo recién hecha.
Eran sus pasos las tardes de lluvia que hacen cantar las baldosas y que dejan dibujar en la ventana sonrisas de tantos sueños que comienzan.
Era un viaje a tantos portentos y tantos prodigios que iniciaba izando manteles blancos y todavía húmedos de historias pasadas de sobremesa.
Era su sonrisa un arpegio dulce que paró hasta que las flores en su delantal se marchitaron y su canto se marchó hacia un lugar desconocido.
Érase una vez Virginia Angelina. Es que pasan los años, y todavía la extraño.
*Otra vez mis tuits convertidos a entrada de blog. Capítulos de 140 caracteres y sin comas.
Eran sus manos origen del vaivén de un remolino cadencioso que inundaba el edificio con su aroma inconfundible a sopa de fideo recién hecha.
Eran sus pasos las tardes de lluvia que hacen cantar las baldosas y que dejan dibujar en la ventana sonrisas de tantos sueños que comienzan.
Era un viaje a tantos portentos y tantos prodigios que iniciaba izando manteles blancos y todavía húmedos de historias pasadas de sobremesa.
Era su sonrisa un arpegio dulce que paró hasta que las flores en su delantal se marchitaron y su canto se marchó hacia un lugar desconocido.
Érase una vez Virginia Angelina. Es que pasan los años, y todavía la extraño.
*Otra vez mis tuits convertidos a entrada de blog. Capítulos de 140 caracteres y sin comas.
Invernadero
Ya una vez me rescataste del insomnio y fuiste sueño al que me aferré cándidamente. Me dejaste descansar en tu regazo y me diste también realidad a cucharadas. Me tuviste en la orilla de ese abismo entre tus medias y tu falda, y me cortaste el sololiloquio con tus labios en los míos. Redujiste la distancia en un pañuelo, y te volviste mi manera de tocar el cielo con las manos. Inventaste una frontera impenetrable y delicada, traspasada solamente por las huellas de tus uñas en mi espalda. Preferiste escaparte del rigor y el tedio de lo cotidiano, y dejaste florecer mis ganas en el surco de tus pasos sobre toda esa tierra fértil que pusiste de por medio.
No hay un solo pero que interfiera mi deseo de perderme otra vez en tu mirada. No eres tú, es ese cúmulo de estrellas diminutas escondidas en el infinito de tus ojos.
No hay un solo pero que interfiera mi deseo de perderme otra vez en tu mirada. No eres tú, es ese cúmulo de estrellas diminutas escondidas en el infinito de tus ojos.
Tenía un nombre
Tuve esta entrada mucho tiempo atrorada en la punta de mis dedos. Alegaban estar entumidos cuando hacía frío, pegajosos y erráticos cuando hacía calor. Unas veces flojos y otras demasiado tensos; como una cuerda de guitarra que se niega a vibrar su LA correcto. Como esos brotes en las ramas taladas de los árboles urbanos que no alcanzaron nunca a abrirse paso.
Confié en que sería algo transitorio hasta que mis palabras más corrientes comenzaron a trabárseme también; aquellas que uso para cumplir en el trabajo o para comunicarme en el mercado dejaron de fluir con libertad. Entonces esta entrada comenzó a oler a podrido en el tintero. Comenzó a contaminar las otras cosas que escribo, comenzó a expandir su podredumbre por el resto de mis hilos narrativos.
No fue fácil omitir los eufemismos que quedaron tan rasgados del periplo que fue llegar hasta las cosas que debiste haberme dicho mucho antes. Mis analogías se volvieron otra vez un laberinto, aunque ya sin la custodia de la bestia de mi rabia contenida. Casi tuve éxito en eso de fingir que de verdad fuiste algo que nunca sucedió. El problema fueron todas esas palabras que se me quedaron con tu nombre escrito en el reverso.
Confié en que sería algo transitorio hasta que mis palabras más corrientes comenzaron a trabárseme también; aquellas que uso para cumplir en el trabajo o para comunicarme en el mercado dejaron de fluir con libertad. Entonces esta entrada comenzó a oler a podrido en el tintero. Comenzó a contaminar las otras cosas que escribo, comenzó a expandir su podredumbre por el resto de mis hilos narrativos.
No fue fácil omitir los eufemismos que quedaron tan rasgados del periplo que fue llegar hasta las cosas que debiste haberme dicho mucho antes. Mis analogías se volvieron otra vez un laberinto, aunque ya sin la custodia de la bestia de mi rabia contenida. Casi tuve éxito en eso de fingir que de verdad fuiste algo que nunca sucedió. El problema fueron todas esas palabras que se me quedaron con tu nombre escrito en el reverso.