Cenicienta, de nuevo.

Si algo disfruto mucho de Matilde, es que suele ser muy constante con sus alegorías. Ya me había detenido con la magia de la humilde muchacha, que un día decide librarse de las ataduras, y huír a un mundo salvaje que terminó devorándola.

Quizá algo que no contemplé, es que la chica volvería, a hablar con eco, a seguirme contando sus historias, a volvérseme un mostro más, otra vez prestado...

Tiene espinas el dorsal...

No es sólo porque me lo preguntaron; yo mismo me planteaba alguna vez la cuestión ¿es éste un blog de odio? No lo sé. Juraba que era de desahogo, pero vamos. La lectura tiene eso. Depende mucho de quién es el lector.

Por lo pronto, quizá sea momento de dejar descansar a los mostros, y pasar con los berrinches simples. Aquellos que igual me enojan, me frustran, me cansan y demás, pero no interfieren en mi vida cotidiana, ni siento su peso sobre mi espalda, ni llegan en la noche a espantarme el sueño, ni nada por el estilo. Tengo muchas cosas por arreglar, y tampoco es que pueda ocuparme mucho de los mostros grandes por ahora.

Entiendo que, y dada su naturaleza, volverán, volverán inesperados, volverán amenazantes, justo cuando ya me tenga muy creído que me he librado de ellos. Como dije muy, muy al principio de este blog, mis mostros son así. 

siguen aquí

Mis monstruos son sumamente dulces. Tienen la cortesía de aparecerse justo cuando menos los necesito.

Pareciera una necedad, pero es un hecho que son cabroncillos. Hay días en los que ufano decido renunciar a ellos, y siempre vuelven, como para recordarme su infinito poder de aparecer y desaparecer a placer.

A estas alturas, da un poco lo mismo. Puedo suponer que estoy en el medio del desánimo, que me ha vuelto de la curva gaussiana de una alegría autoinfundida. Estoy en la mitad peligrosa entre los extremos de querer creer que las cosas se arreglarán, y saber que lo conveniente es creer que esto no sucederá. Los mostros se ocupan de su videojuego, y sonríen. Saben cuándo tienen el hack de la victoria.

Desierto tiempo

Dicen que cuando conoces al amor de tu vida el tiempo se detiene. Y es verdad; lo que no te dicen es que cuando el tiempo inicia otra vez, se mueve más rápido para compensar.

El tiempo suele ser la medicina con el sabor más desagradable; partiendo del hecho de que uno no la toma ni por prescripción, y mucho menos bajo vigilancia, nunca se sabe con certeza hace cuánto que caducó como remedio.

Otro día transcurre, y de nuevo quiero creer que de no consumirlo, el tiempo se consumirá por sí solo. Y de nuevo, me quedaré con las manos vacías para llevármelas al rostro, y tocar el rictus que no por no querer mirar, desconozco del todo.

Madre, sólo hay una. (A veces 2)

Sin ninguna duda, mi madre es una gran persona. Lamentablemente, y en mi papel de hijo ingrato, pudo haberme tocado la tediosa tarea de recuperar todo su anecdotario de una máquina que corre Windows 95 (Sistema operativo que en realidad no creo que exista; estoy convencido de que sólo es un cuento para asustar a los desarrolladores cuando algo no les sale). Reconociendo con algo de vergüenza que fue en una actitud de ah, cómo jeringas, le sugerí que se abriera un blog. Mala idea...