Intuición

A lo largo de esta bitácora, aprendí a conocer a casi todos esos caprichos del inentendimiento a los que cariñosamente llamo mostros. Uno a uno fueron encontrando su lugar en cada cicatriz de la piel de la memoria. Y desde ahí es de donde suelo saludarlos con cariño, como a viejos conocidos. Lo bonito del dolor es que siempre es el mismo, no importa la forma que tome. Por eso es fácil no sólo distinguirlo, sino reconocerse en él y abrazarlo cuando hace falta. Es que —por paradójico que suene— las cosas no terminan cuando dejan de doler, sino cuando duelen como a ti te gusta.

La cosa es que los más recientes días, ha estado conmigo un mostro al que no estoy habituado: uno que me dice que algo estoy omitiendo, que las cosas no pueden estar tan bien como parecen, que la vida es un asunto frágil y que todo por servir se acaba.

De risa

Creo que nunca antes valoré tanto la importancia del sentido del humor. Siendo específico, de la compatibilidad en el sentido del humor. Reírse de las mismas cosas que alguien, es un regalo a menudo infravalorado. El humor es una muestra muy puntual de inteligencia. Y la inteligencia es de esas cosas que no pueden ni fingirse ni dismularse.

Siempre fui renuente a la idea de que hay inteligencias de diferentes tipos. Que si la emocional, que si la matemática, que si la visual, no sé. Me parecen placebos y eufemismos para que la gente que contesta tests no se sienta tan tonta con los lenguajes que no maneja bien. La cosa es que si acaso hubiera tales lenguajes para expresar la inteligencia, el humor es algo así como el esperanto de esta torre de Babel emocional en la que suele quedar atrapado nuestro inentendimiento.

No tengo ganas de elaborar ninguna idea en particular. Sólo quiero celebrar que, entre todas las cosas a las que me confié para curarme de lo que me dolía, no se me ocurrió que el humor haría tanto por mí. No recuerdo hace cuánto no me sentía tan valioso y aceptado, tan querido y apreciado. Y lejos de enojarme con esa persona que fui hace tres años, la que luchaba por ser suficiente, la que se creía todas esas cosas jodidas que decían sobre ella, la que aguantaba chingadera tras chingadera con tal de no perder lo que quería, aprendí a reírme mucho de ella. Aprendí a contar su historia sin amargura ni ironía, sino divertido ante lo pendejo que uno puede llegar a ser cuando se enamora.

Estoy volviendo a ser una persona de la que me siento muy orgulloso. Y confío en que mis orquídeas van a dar botones muy bonitos. Muero de ganas por reírnos otra vez de todo esto que nos estamos contando.

Palimpsesto

Quiero encontrarle un hilo a mi desorden y nada más no me sale. Es que, deberías ver cómo queda la mesa cuando acabé de dibujar. Todos los colores, los bosquejos y la basurita de la goma me recuerdan que voy tomando las cosas conforme las necesito, y que es hasta el final que las vuelvo a poner en su lugar.

Siempre quise ponerte en un lugar de la memoria en donde no dolieras, en donde no extrañarte tanto, en donde no me hicieras falta. Y aunque por un rato me creí que se podía, de algún modo tu nombre se quedó grabado en mi tristeza, en mi enojo, en mi rabia, en todos los reproches que me hago cada vez que me equivoco. Hubo una vez un incendio entre nosotros, y de algún modo aprendí a llevarte dibujada con ceniza.

Quiero encontrarle el hilo a mis motivos, pero hace mucho que mis laberintos son más largos que el ovillo, y que cada minotauro en el andén del corazón se ocupó de devorarme los pedazos de piel que me sobraban. Es que, deberías ver cómo me gusta darle vueltas a las cosas, como si quisiera aprendérmelas antes de no mirarlas más, y por si un día las necesito de regreso.

Siempre quise tenerte en un lugar del corazón en el que estuvieras cómoda, pero un día te me hiciste demasiado grande, y debí salirme yo para que no explotara todo con nosotros dentro. Y luego de estos años de vagar a la intemperie, resultó que lo que parecía desorden y destiempo, resultó ser argamasa de todo lo que supimos ser aún estando lejos.

Quiero encontrarle las razones a la historia, pero llevo un buen rato ya sin necesidad de preguntarme nada. Resulta que de pronto todo mi desorden otra vez sonríe, todas las paredes me acarician, y todos esos días en que no estuvimos juntos de repente se encontraron como dos espejos frente a frente que se abrazan mientras ven nacer un infinito. Quedan un montón de cosas que contarnos, y noto cómo mi mundo se volvió otra vez un palimpsesto.

Encuentros

Nunca me gustó borrar las cosas. Hablo de historiales, de recuerdos, de las cosas que parecen triviales, pero que sin ellas es difícil comprender la narrativa de las cosas que creíamos olvidadas. Es cierto que guardarlas lleva el riesgo de que se vuelvan horrocruxes o cajitas de Pandora, pero uno nunca sabe cuándo esos testimonios cotidianos puedan convertirse en la argamasa indispensable del collage de la memoria.

Leo al tipo que comenzó esta bitácora, y todavía me reconozco. También miro a sus monstruos y temores, y noto cómo aprendió a vivir con ellos, a incluirlos a su sobremesa, a subirlos a su cama para que no pasaran frío. Noto cómo supo asirse a los pedazos más grandes que quedaron luego del naufragio, y hacer de ello un archipiélago en el que siempre cupo una ciudad. Pero lo que más me gusta que aprendió en estos años, es a no esconderse tras lo que le cabe a las palabras.

Siempre pensé que, si un día hacía de nuevo un viaje como el que hice, sería para estar en paz con la memoria; para reconciliar cualquier fragmento de pasado que hubiera quedado suelto, para celebrar el cierre definitivo de la herida primigenia, para no ahogarme en la arena del reloj que se detuvo, qué sé yo. Para llegar al otro lado de la metáfora que tanto tiempo me protegió de la intemperie emocional.

No tenía presupuestado que todo eso que yo creía pasado estaría no sólo tan vivo como siempre, sino más fresco, más maduro y más entero que cuando fui a buscarlo por primera vez. No se me ocurrió que habrían brotado flores sobre todo eso que yo di por enterrado. Siempre pensé que el desierto era un lugar hostil, y hasta hace poco me explicaron que tiene agua debajo, que canta en las noches, y que se queda con tus huellas mucho más tiempo que cualquier otra superficie. Que te deja dibujar sobre la arena, y que siempre tiene páginas para escribirse.

Tengo muchas ganas de celebrar que el amor puede más que la memoria. Que hay recuerdos que atraviesan los silencios, que quedan muchas memorias todavía por usar. Tengo ganas de ir con mi yo de hace diez años, abrazarlo, invitarle una cerveza, y decirle que aunque lo pendejo no se nos quita nunca, hay muchas razones para sentirnos orgullosos de nosotros. :)


Inesperado

Luego de diez años, tomé el teléfono y le llamé.

Desde luego, pareció sorprendida, aunque no tanto como yo lo habría estado. Dicen de los duelos que tienen la particularidad de quedarse exactamente donde los dejaste, no importa cuánto tiempo los hayas evitado. No importa cuánta maleza haya crecido alrededor de ellos, siempre se quedan como están. Pero algunos crecen, maduran y están listos para caer del árbol. Sólo entonces es posible recoger sus frutos.

Conversamos tal vez una hora. Sin reproches ni preguntas, como dos viejos amigos de esos para los que no existe el adiós sino la intermitencia. Luego otra, y luego otra. Siento que el año pasado lo pasé hablando de lo mismo, así que puedo decir que platicarlo en un contexto «virgen» fue más que refrescante. Es curioso cómo a veces los años que parecen tan largos, caben bien en apenas un puñado de palabras.

El cuento es que sí. Que en algún momento, tocamos las orillas de esos años. De lo que nos dijimos la última vez que hablamos. De que el perdón entre nosotros no iba a llegar nunca, y que lo mejor era aprender a vivir sin él con lo que fuera que siguiera. Pero el perdón es como el amor. No es algo que uno decide a quién y en qué momento darlo, ni de quién, cuándo o cómo recibirlo. El perdón no es algo que se otorga, sino algo que sucede y que libera. Y no tiene nada que ver con el olvido, porque el olvido sólo devora aquello que no había necesidad de perdonar.

Luego de diez años, puedo hablar de esto sin metáforas ni analogías. Puedo visitar el recuerdo del dolor sin que me duela, sin que me rasgue o me despierte cosas. Puedo quedarme a vivir en todo lo bonito que creció tras el incendio. Y celebro mucho eso. Luego de diez años y dos días, volví a llamarle porque me quedé con ganas de contarle cosas. Y ella se quedó con ganas de escucharlas desde la persona que es ahora, y no la que fue en aquellos días. Y me tendió una mano mientras me explicaba que también es de valientes aceptar que necesitas ayuda. Sigo pensando que eso de la «deuda emocional» es una pendejada. Uno puede elegir siempre a las personas no importa cuánto se hayan equivocado o te hayan lastimado en el pasado. Uno puede elegir ir por la vida desconfiando, o aprender que hay cosas que suceden a su ritmo, a su tiempo y a su modo. No estoy «reencontrándome» con una persona. Estoy aprendiendo que, por más que uno tenga la certeza de que es el agraviado, el perdón es un regalo de la vida, y que para recibirlo hace falta muchísima humildad.