Epistolar



 Lo que ocurre es que a que de amor jugamos a morirnos muchas veces. Y escribir es sólo el recuento de nuestras muchas bajas en combate. Esta es una transcripción de una secuencia en Twitter.


Esta es una carta de amor. Pero no del amor que habita en los cuentos y que triunfa ante las circunstancias más ridículamente inverosímiles.

Esta es una carta de amor. Pero no de aquel amor que se llena la boca con metáforas y figuras literarias habitualmente condenadas a la nada.

Esta es una carta de amor. Pero no una carta escrita desde esa tibieza disfrazada de vorágine o de una gris pasividad ataviada de quisieras.

Esta es una carta de amor. Pero no una carta que intente describir cómo me haces sentir cada vez que me apareces o cada vez que te conectas.

Esta es una carta de amor. Hecha con tuits de exactamente 140 caracteres y ni una sola coma porque no sé otro modo de decirte que me llenas.

Comienzos

Puedo pasar una tarde mirándola y media vida pensándola; puedo quedarme absorto en la manera de sus ojos de tañir el horizonte, arellanarme en su modo inapelable de espabilarme la sonrisa con su súbito, y dejar a mi tiempo tendido en el jardín de sus letras febriles.

Hasta aquí todo es muy fácil; mi problema comienza cada vez que intento describirla, cada vez que intento desarmarla para ver de qué está hecha y comprender cómo es que se volvió una tempestad sobre mis ganas de lloverle. Cómo tira del gatillo cada vez que me saluda, cómo imposta su prosodia cada vez que se despide; cómo es que despide ese aroma a manzanilla y primavera que fascina a cada uno de mis años. Cómo amanece conmigo su risa de trigo y canela, cómo le sueño su aura de auroras boreales de cielo nocturno.

No sé bien qué voy a hacer con las ganas que le tengo, siendo que ya comenzaron a fugarse a través de mis fisuras, en los huecos de las tablas aprendidas a lo largo de la vida que por ahora me contienen. No sé qué será de mis palabras, tan desprovistas de aristas a golpe de paso del río. Por ahora quiero que sepa que me brota su silueta como manantial entre mis piedras, que usted aparece y se parece a todo lo que sueño, y que ya he comenzado a quererla, como se quiere a los comienzos que nos mojan las orillas.

Añil

Hoy leía a la gente en Twitter hablando de arcoiris, y recordé que de niño, nunca nadie me supo explicar a qué color se parecía el «añil». Claro, lo primero que hice fue buscar en el diccionario. Pero mi pequeño Larousse era en blanco y negro, y las personas que escriben diccionarios no suelen ser muy buenas explicando los colores.

El cuento es que alguien, quizá cansado de mi insistencia, dijo algo como «imagínate un color que no conozcas, y a ese se parecerá el añil». Ya sé. Los adultos son rarísimos. Pero no los culpo. Y es que ¿cómo explicas un color? Es decir, podrías hacer una lista de cosas con ese color y compararlas, pero al hacerlo estarías hablando de las cosas, no de el color.

Años después estudié diseño gráfico. Hoy sé en qué espectro de luz está el añil. Puedo describir sus coordenadas y valores en varios sistemas de color estándar. Pero a veces miro al cielo húmedo que queda después de la lluvia, y recuerdo que hay colores que todavía no sé cómo explicar. El añil del arcoiris lo sabe y me sonríe.

zoología

Diría que el amor es un perro y el olvido es un gato, pero ni el amor viene cuando lo llamas, ni el olvido sabe cubrir con arena sus heces.

Eme aquí

A veces quisiera tomarte de la mano y caminar contigo. Yo sé, no me lo digas. Sé que no es tu situación favorita ni de lejos. Pero a mí la idea me entusiasma porque entonces seríamos como una «M» alta y no dos íes solitarias buscando todavía una palabra donde puedan estar juntas.